viernes, 11 de marzo de 2011

Capítulo 2: Oscuridad

Un ángel de alas extendidas…como si anunciara la llegada de alguien con su toque…
Alicia se despertó con la imagen aún reciente del ángel que aparecía en sus sueños. Parpadeó un par de veces, intentado acostumbrarse a la luminosidad que entraba por la gran ventana. Fue entonces cuando vio que había una figura recortada por la luz. Alicia aún estaba somnolienta, y pensó que aquella figura era una mala pasada que le estaba jugando su estado febril.

    - Debo de estar delirando.-se echó la mano a la frente notando calor en ella. Ahora creo ver un ángel.-dijo susurrando Alicia mientras encontraba similitudes de aquella figura con la que recordaba del edificio Metrópolis.
    - En cierta parte así es.-contestó una voz burlona en la habitación.- Buenos días, Alice.- la figura que antes estaba apoyada junto a la pared de la ventana, cruzó la habitación.
    De repente se abrió la puerta del cuarto, apareciendo una mujer de mediana edad.
    - Por fin has despertado. Estábamos preocupados por ti, Alicia. Veo que ya has conocido a Dave.- dijo la mujer mirando como se cerraba la puerta de la habitación mientras se sentaba en una silla junto a la cama.

Alicia se incorporó de repente en la cama, despejándose totalmente y con un fuerte rubor en sus mejillas. No era un sueño, verdaderamente había alguien aquí-pensó.
    - Parece que te ha vuelto la fiebre.- comentó la mujer adulta.-puedo llamar a …
    - No, no se preocupe, estoy bien.-zanjó rápidamente la chica mientras alisaba las sábanas de la cama a modo de serenarse. Alicia contempló su alrededor y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que no estaba en un hospital, sino en una habitación de alguna casa antigua. Grandes ventanales ingleses adornados con cortinas hasta el suelo en color borgoña, muebles en madera oscura- pero… ¿Dónde estoy?¿Quién es usted?¿cómo sabe mi …?-
    - Soy Samantha Nimsburg.-se presentó cortando la batería de preguntas que había improvisado rápidamente la chica.-Sé que tienes muchas preguntas que necesitan respuesta, pero creo que antes, deberías de vestirte y desayunar un poco.-comentó mientras se levantaba de su asiento y alisaba los pliegues de su falda.- Cuando estés lista, Rose te indicará el camino.
    - ¡Espere! ¿Cómo sé que puedo confiar en usted?
    - La hemos salvado y cuidado de la mejor manera posible. Este es un lugar seguro.- dijo finalmente cerrando la puerta tras de sí.

Fue entonces cuando Alicia reparó en la otra persona que estaba en la habitación. Una chica de más o menos su misma edad, que estaba de pié sosteniendo lo que parecía ropa y una pequeña bandeja con comida. Ambas permanecieron en silencio, mientras que el único ruido que se escuchaba en la habitación era el leve roce de las ropas que había depositado Rose a los pies de la cama.
    - He preparado un poco de té y unas tostadas. Espero que sea de tu agrado.-comentó la chica rubia en un español forzado.
    - Gracias.-respondió Alicia viendo como su respuesta hacía sonreír a Rose mientras mordisqueaba una de las tostadas.- ¿No eres española, verdad?-preguntó con curiosidad.

Rose se sonrojó un poco, mientras se atusaba algo nerviosa la trenza rubia que caía por uno de sus hombros.
    - Lo siento, sé que mi español es horrible…-se disculpó azorada.-soy galesa.
    - No te disculpes, tu español no es tan malo como crees, sólo que tienes un acento muy fuerte.-sonrió Alicia hablándole esta vez en inglés a la chica.
    - ¿hablas mi idioma?-preguntó sorprendida Rose.
    - Sí, mis padres…-una punzada de dolor atravesó el pecho de Alicia mientras volvía aquella sensación de escozor a sus ojos.- eran ingleses.-finalizó más seria que antes.

Rose se percató del cambio de humor de Alicia, he intentó cambiar de tema para abandonar aquel silencio incómodo.
    - Me han pedido que te prestar algo de ropa.-comentó Rose dando un par de golpecitos a las prendas allí depositadas.-Están muy desgastadas, pero te pueden servir.-dijo esbozando una sonrisa.

Fue entonces cuando Alice fue consciente de que llevaba un pijama en lugar de su abrigo, y su camiseta y vaqueros favoritos.
    - ¿Dónde está mi ropa?-preguntó azorada.
    - Lavándose. Estaban…sucias.

Alice sabía que la chica había evitado decir que realmente sus ropas estabas ensangrentadas. No quiso pensar en ello o se pondría de nuevo con aquel molesto escozor en los ojos. Así que simplemente le dio un último trago al té y se levantó de la cama, observando el par de pantalones vaqueros y camisetas que había traído la chica galesa, para al final elegir una camiseta turquesa y unos vaqueros desgastados.
    - Vamos, te indicaré donde puedes ducharte, mmm…¿Cómo te llamas?-preguntó de repente con sus ávidos ojos verdes.

La chica se quedó unos segundos pensando en la voz que le había dado los buenos días, hasta que finalmente dijo:
    - Alice Lainghurst.
    - Encantada, soy Rose Shieldon.-contestó muy sonriente esta.-No sé como no se me ha ocurrido preguntarte el nombre antes, Alice.-comentó la chica azorada.-bueno démonos prisa, tía Samantha estará esperándote pronto.-dijo Rose mientras empujaba a la chica fuera de la habitación.

Durante el camino hacia el baño, Rose fue indicándole a Alice los distintos pasillos y direcciones a tomar, para llegar al baño. A la recién llegada, le pareció en un primer momento un camino intrincado y sinuoso, del cual no se acordaría de nada a la hora de volver a su habitación. Todo lo que Alice había visto, eran largos pasillos con paredes de fría piedra, que a veces estaba revestida con tapices en donde se veía siempre un ángel de alas extendidas alzándose sobre un lago. La joven galesa notó como la otra chica se rezagaba porque se había parado frente a uno de los tapices.
    - Vamos, entra por aquí, ya hemos llegado.-azuzó

Alice se acercó un poco más al tapiz, haciendo caso omiso de lo que le había dicho Rose y admirando la belleza de este y del ángel que lo decoraba a modo de tema principal. Fue entonces cuando le vino a la mente como acto reflejo, la visión que había tenido justo al despertarse de aquella figura recortada por la luz que invadía la habitación, y el recuerdo de un nombre.
    - ¿Quien es Dave?-preguntó con curiosidad.
    - ¿Cómo lo has cono…? No. Prefiero no saberlo.-comentó con tono reticente.- Como se las apañará siempre para estar metido en todos sitios.-susurró más para sí que para la propia Alice.- Es…supongo… que se podría decir, que es la irritación de casi cualquiera que viva entre estas cuatro paredes. No creo que sea mal tipo, pero a veces… es bastante difícil de tratar.- confesó esta. – En cualquier caso, ya los conocerás a todos. Y ahora, dúchate. Yo estaré esperándote aquí fuera para acompañarte después a la biblioteca.-dijo Rose complaciente.

Alice asintió levemente, aún pensativa por los comentarios de la otra chica y entró en el baño. Este, era bastante amplio, más de lo que estaba acostumbrada a ver en su día a día, y luminoso debido a una pequeña claraboya que había en el centro del techo. Cuando entró en la ducha, lo único que realmente le apetecía era estar bajo el agua caliente durante varios minutos sin moverse un ápice, intentando ordenar sus recuerdos. Agachó la mirada descubriendo que aún tenía consigo el colgante de su madre. Lo apretó con fuerza contra su pecho y justo entonces empezó a recordar el momento en el que su madre le obsequió con aquel colgante en la azotea del Metrópolis; el momento en el que ella misma vio como les seguían aquellos tipos; el momento en el que habían apuñalado a su padre; el momento en el que su madre se debatía buscando una oportunidad para que huyera su única hija; el momento en el que corría como alma que lleva el diablo aterrorizada y deseando que todo aquello fuera parte de una pesadilla; el momento en el que se vio acorralada por aquel que estaba embadurnado en la propia sangre de sus progenitores, rugiendo de pura rabia y con ojos salvajes y malévolamente oscuros; el momento, en el que aquel chico de pelo azabache anunciaba lo que Alice más temía perder en este mundo: a sus padres.
Agradeció estar sola, aunque fuera sólo por breves instantes, y rompió a llorar consciente de sus recuerdos, observando que los rasguños que se había hecho al caer estaban allí, que habían sido testigos de aquella fatídica noche. Tenía muchas preguntas, sentía mucho dolor. Por desgracia, Alice sabía que no existía ninguna manera de hacer que sus padres volvieran, pero también sabía que con lágrimas y de brazos cruzados no se solucionaba nada. Estaba sola, no le quedaba nadie en el mundo, ya no quedaba nadie a quien le importara su existencia.
Nadie irrumpió en aquel servicio, pues los sollozos eran ahogados por el sonido del agua agolpándose en la piel desnuda de Alice, fue en aquel momento en el que decidió que sólo en ese instante, se abandonaría al llanto y el dolor, hasta que sus lágrimas dejaran de brotar.
No supo decir, cuánto tiempo estuvo así: diez minutos, media hora ¿quizás? Cuando se sintió un poco más serena, se lavó, se probó la ropa de Rose, la cual le quedaba como anillo al dedo, y se desenredó la larga melena, dejando que cubriera toda su espalda. Antes de salir por fin, para encontrarse con Rose, se aseguró en uno de los espejos, que sus ojos grises no estuvieran rojizos por el llanto y que el medallón se hallara oculto bajo las ropas.
    - Creo que tenemos la misma talla.-comentó sonriendo a modo de saludo la galesa.
    - Sí, eso parece.-se limitó a contestar Alice.
    - Sígueme, la biblioteca no queda muy lejos de aquí.

Esta vez el camino a la biblioteca, desde allí parecía fácil, no había torcido en ninguna esquina, tan sólo habíamos llegado al final de uno de los pasillos, encontrándose con una gran escalinata que descendieron. Alice notó que su acompañante se miró la muñeca, consultando la hora, supuso ella. Justo al pasar por una de las puertas del pasillo que habían tomado a la derecha, se oyó el abrir de una puerta:
    - ¡Ey Rose!¡Rose! ¿Puedes echarme una mano?-preguntó una voz masculina.

Ambas chicas se dieron la vuelta para comprobar quien había sido el que había aparecido en el pasillo.
    - ¡Eh...sí, voy!-contestó dudosa Rose alzando un poco la voz para después girarse a Alice.-Mira, sigue hasta el final del pasillo. Allí en la biblioteca es donde tía Samantha te está esperando.
    - Rose, a este paso, hoy carbonizo la comida…-volvió a decir la voz masculina.
    - Ya voy, ya voy. Siento no poder acompañarte.-se disculpó.- Nos vemos luego.-se despidió Rose mientras echaba a correr por mitad del pasillo.

La chica avanzó en silencio por el pasillo, escuchándose tan sólo el suave caminar sobre la alfombra que adornaba gran parte del pasillo. A medida que ella se iba acercando al final del pasillo, pudo vislumbrar una puerta de doble hoja labrada en madera. Unos rayos de sol y varias voces acaloradas, se escapaban de la sala debido a que la puerta se hallaba entreabierta. Alice se detuvo un poco antes de llegar a la puerta, intentando escuchar algún retazo de la discusión.
    - Todo esto es una locura.-dijo una voz femenina.
    - No comprendo porqué ha de ser un problema para ti, Catherine.-respondió esta vez una voz calmada y masculina.
    - ¿¡Sólo un problema!? Nos has creado más de uno al traer a esa mundana.-espetó la chica de nuevo.
    - No podíamos dejarla allí, compréndelo.-se disculpó una segunda voz masculina.
    - Podríais haberla llevado al instituto de Madrid, y así no haber puesto en peligro la vida de mi hermano.-comentó más furiosa aún la voz que contestaba por el nombre Catherine.
    - Lo intentamos, y no encontramos a nadie, Cathy. – alegó de nuevo la segunda voz de chico.
    - La única solución plausible era esta.-contestó resolutivo el otro chico.
    - …no lo creo, no lo apruebo. No entiendo porqué habéis traído una mundi al Instituto. Si hubiera estado yo allí…-dijo de nuevo la voz femenina.

Alice se acercó un poco más a la puerta, viendo como el chico de pelo leonado se disponía a replicar cuando Samantha gritó de repente:
    - ¡Suficiente! No quiero escucharos discutir más sobre este tema. Pase Alicia.

La chica no se había dado cuenta que se había acercado demasiado, y que en ese momento todas las miradas reparaban en ella. Abrió tímidamente una de las hojas de la puerta, mientras vio como una chica de pelo azabache se acercaba hasta ella mirándola de forma furiosa.
    - Mírala. Ni si quiera es de aquí. Ni si quiera habla nuestro idioma… -comentó en tono displicente la chica.
    - Siento contrariarte.- contestó Alice cortante en un perfecto inglés.

En cuestión de segundos, las cara de los presentes habían pasado del enfado al puro asombro. Alice vio como una sonrisa maliciosa se iba dibujando en el rostro del chico de pelo dorado, mientras que Catherine iba adquiriendo un fuerte color rojizo en sus mejillas mientras apretaba los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos (de pura rabia y enfado contenido, supuso la muchacha), marchándose finalmente de allí con paso airado.
El chico de pelo oscuro suspiró y susurró pesaroso:
    - Hablaré con ella.- sonrió al pasar al lado de Alice.
    - Pase señorita Alicia, tome asiento.-dijo Samantha ofreciéndole asiento en el sillón mientras notaba como la seguían un par de ojos dorados.
    - Gracias. Puede llamarme Alice, si lo prefiere.-comentó Alice mientras miraba de reojo al chico.
    - Dave, sino te importa…
    - No, no, no me importa, adelante.-dijo en tono condescendiente acomodándose junto al lado del sillón donde estaba Alice.
    - Dave.-dijo Samantha en tono serio y fulminándolo con la mirada.
    - No frunzas tanto el ceño, o te saldrán arrugas.-dijo con tono burlón justo antes de cerrar la puerta de la biblioteca.

Alice vio como a Samantha le temblaba ligeramente el labio de puro irritación. Aspiró aire fuertemente, en un ademán de calmarse, mientras tomaba asiento junto a Alice. El rostro que mostraba Samantha, denotaba agotamiento, preocupación, y unas ojeras de llevar varios días sin dormir. La chica ya se había preparado para lo peor, y se había prometido a si misma, que no lloraría delante de nadie. La voz de la mujer la sacó de sus cavilaciones.
    - Alice, ¿te vez capaz de contarme lo que realmente ocurrió la otra noche, cuando…?
    - ¿…iba con mis padres?-terminó la frase la chica.- Sí se lo contaré, pero dígame una cosa antes.- Alice respiró profundamente preparándose para lo que estaba a punto de decir.- ¿Mis padres…han…han muerto?-dijo atravesando con sus ojos grises a Samantha, mientras arañaba con las uñas sus vaqueros.

Esta la miró atónica. No parecía esperarse que la chica fuera tan directa, o que tuviera el valor suficiente para preguntar aquello sin contemplaciones. Sólo pudo asentir en silencio mientras cogía las manos de la muchacha entre las suyas y le daba un leve apretón.
    - Lamento mucho su pérdida.

La chica había seguido manteniendo la mirada de Samantha, dándose cuenta que, aunque era la frase típica que se solía decir en estos casos, pareciera realmente apenada por ello. Como si realmente lo sintiera de verdad-pensó la chica.
    - Tengo otra pregunta antes de contarle nada. Desde luego esto no es ningún hospital, así que dígame, ¿A dónde me han traído? Esto no se parece a ningún edificio que haya visto antes en Madrid.-comentó la chica recordando las paredes de piedra decoradas con tapices y grandes cristaleras.
    - Eso es porque, no estamos en Madrid, Alice.

2 comentarios:

marina garcia gomez dijo...

Pff me encanta, muy chulo y... ains Dave me encanta :D

Ryuka dijo...

Me alegro que te haya gustado el capítulo ^^. Ains ese Dave ... ya veremos que nos depara el futuro con él XDD. Besotes!

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